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jueves, 13 de octubre de 2011

Aquí.

Me tiene un poco martirizada, ese rollo de la retrospectiva. ¿Quién me va a decir a mí, dentro de unos años, cuánto he vivido, cómo, por qué, si lo he hecho bien o mal? Sé que yo no, sé que nunca podré echar la vista atrás y resumir en un folio por las dos caras cuánto, cómo de intenso, cómo de bien he vivido yo la vida, tengo muy mala memoria.

Que alguien me diga que estoy viviendo bien, que estoy viviendo rápido, que lo de ahora es un retroceso pero sólo para tomar carrerilla, que me digan que mis huellas se ven borrosas porque corro, porque voy directa a vivir algo que todavía no conozco pero que ya quiero.
Que me digan que tengo alas y que las voy a usar, que no se van a quedar en el fondo del armario, que no las va a engrisecer el polvo.

A lo mejor sólo se baja para coger más impulso en el salto, a lo mejor en el fondo del hoyo sólo hay linternas y cuerdas, a lo mejor toca estar abajo, muy oscuro, muy ciega, muy quieta, para subir, ver, correr. 
Que me digan que me van a dar impulso, que yo este mundo me lo como de un bocao cualquier día de estos, que sólo estoy esperando a que me entre el hambre.

Pero es que hace ya mucho que tengo hambre, hambre de muchas cosas. Me inunda un estómago vacío que no quiere más sofases, no quiere más pantallas en blanco que no sé llenar, que necesita vivir en la calle, en la gente, en todo lo que quiera hacer y que me pueda llenar un poco la vida que no sé si estoy dejando pasar.
Que le puedan las ganas a la vergüenza, a la inseguridad. Que este hambre de mundo que tengo se coma hasta la última gota del miedo y vaya a por más. Que a lo mejor sí pueda acordarme en un futuro lejano porque hay historias que son para no olvidar. Y yo quiero muchas de esas.

Que se me cansen las rodillas de andar, los ojos de ver, la boca de besar. Que me quede sin fuerzas, exhausta, que le venda mi alma cada día a un diablo, que me arrepienta todas las mañanas, que en mi caos yo me encuentre y me reconozca. Yo quiero que la vida se me canse por vivirla, no quiero que me duela. Abrir las ventanas, porque todo huele a cerrado, entrar mundos nuevos porque los de antes ya los desgasté, porque lamí hasta la última gota de cada sensación que ya ni existía. 

Que las carreteras se me queden cortas, que el Sol lo coja con ponerme de puntillas, que decida ver todo lo que me cuentan con mis propios ojos, pero no cansarme nunca de escuchar historias. 
Que me faltan muchos cafés con, que me falta esa risa que no deja respirar, el humo que no huele a tabaco, me falta una piel que se sepa mi piel, me falta un "vámonos" a secas, y que dé igual a dónde.

Hoy la noche tú la terminas aquí.



viernes, 23 de septiembre de 2011

Rocío.

Al final del día las esperanzas siguen puestas en una maleta que todavía no he deshecho por no volver a hacer, total, lo que siempre pesan son mis "os voy a echar de menos" y unas cuantas tareas pendientes, de esas que nunca tacho de mi lista en la cartera.

Como siempre, con la noche llega Coldplay a recordarme momentos que ayer por la mañana dije que iban al reciclaje, con el resto de papeles, porque siempre los escribo y los miro una y otra vez, preguntándoles qué quieren decir, de dónde salen y, sobre todo, dónde van a parar. Y es que más que a dónde voy a parar, debería preguntarme por dónde quiero empezar.

Vamos a jugar a pensar que las maletas que tengo que hacer para dentro de tres patadas van mejor cargadas de todos los colores que quiero poner en mi cuarto, mi zulo, mi escondite. Con su cama que se mueve y su odiosa cenefa, pero mi cama, mi cenefa. Y a lo mejor es en esa pequeña ventanita al mundo de vamos a ser mayores donde decido lo que me parece bien y lo que me parece mal, donde me invito a empezar a desayunar y a empezar a volver a sonreír tanto como antes, tanto como siempre.

A lo mejor lo bueno era cuando conocía mis defectos y los intentaba cambiar, y no ahora, cuando los he cambiado y decido que me gustaba más el yo de antes, el que decidía hacerlo todo al revés para luego darle la vuelta. A lo mejor con tantas ganas de mejorar he cambiado, y vive Dios que eso sí que no lo quería.
Porque con complejos, con mierdas varias y con pocas ganas de vivir los domingos por la tarde, creo que yo me gustaba bastante.

Quizá incluso vuelvo a escribir de seguido, a hablar más alto de lo normal y a tener muchas ganas de muchas cosas, que lo jodido del verano es cuando se acaba, menos esta vez, que lo jodido ha sido el verano y lo bueno es lo que empieza ahora. Bendita rutina que vienes a rescatarme y a darme motivos para refunfuñar.

Qué bien y qué divertido se vive todo con menos comas, con más carrera, con tener prisa por nada y por sentir una agenda llena que quizá más que llena esté caótica, pero es que eso también es mi madurez, que a veces juega a ser niña y me vuelve un poco loca.
Pero es que, carajo, me gustaba eso. Yo era un desastre y me lo pasaba estupendamente, ¿quién me ha robado, aparte de mi odiado mes de abril, la prisa, las ansias, la vocecita aguda cuando estoy tontorrona y los mimos? A lo mejor pensaba, cuando me volvía seria, que eso era madurar. Pero madurar es más bien darme cuenta de lo que no es madurar... Quizá lo descubra con el tiempo, y madure y desmadure un par de veces a la semana antes de ponerme tacones los días de diario.

Quizá madurar sea reafirmarme en que soy niña para algunas cosas, en que los defectos que me ven los demás a lo mejor a mí me encantan y que no los quiero cambiar. Y si tengo que pensar un millón de veces algo, pues lo pienso, y quien tenga prisa, ahí tiene un sudoku para matar el tiempo.

Al final lo que pesa no es la maleta, sino la percha que lleva una encima. Al final lo que se echa de menos es lo que una era con ciertas personas. Al final lo que se recuerda era cómo olía cada uno, cómo hablaba con cada una, porque tengo esa manía a pegarme los acentos de la gente con la que hablo. Al final lo que yo quiero recuperar es ese poco sentido de la vida que tenía. Creo que antes la vida la vivía, hasta que empecé a verla viviéndose a sí misma y dejándome un poco al margen a mí.

Igual lo que toca es arrepentirme de mis arrepentimientos y volver a los defectos. A lo mejor lo que toca es volver a la imperfección.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Septiembre.

Este no era como sus septiembres. Sus septiembres eran fríos, grises, amenazaban con tormenta cada vez que pensaba salir de casa. Sus septiembres le llevaban una manta porque la iba a necesitar. En sus septiembres, ella subía la manta hasta la nariz y tenía ganas de chocolate caliente.

Este septiembre no. Ahora hacía calor, ahora las mantas le sobraban por todas partes y los chocolates calientes empalagaban e iban seguidos de largos tragos de agua helada.

Pero por lo demás todo seguía igual; igual de desastre, igual de mal alimentada, igual de despeinada y mal vestida en casa. Las persianas bajadas, no quería ver ese sol que le engañaba, que no debía estar ahí, que no anunciaba un otoño que sin embargo sí llegaba. Su salón seguía siendo igual de pequeño para muchos y gigante para ella, sus folios, acompañando a sus púas verdes, sus mantas que no usaba, sus motas de polvo, sus cascos, sus canciones tiradas. Todo por el suelo. Todo estaba allí, a su alcance. Su guitarra en una esquina, sus maletas, hechas y deshechas, su vida en un eterno viaje donde nunca llegaba a casa; siempre perdía las llaves.

Sus intenciones de cambiar, de mejorar. De comer fruta y recoger del suelo sus trozos de vida. De despedirse de su amado desorden, compañero fiel. De recoger sus fotos, de colocarlas, de mirarlas y reconocer a la gente que, sin darse cuenta, había decidido inmortalizarse allí, para ella, para ser pensados y queridos, para no irse nunca.
Sus ganas de estar sola, de no tener nada que hacer, sólo escuchar música muy alto, tan alto que ya no pudiese oírse a sí misma (ni a nadie) nunca más. Una música que llenase sus oídos, su mente, su corazón, su cuerpo. Una música que completase cada uno de sus vacíos, una música que le prometiese que nunca se iba a ir.

Sus tazas de café le recordaban corazones pasados. Rojas, negras, con dibujos, con letras, con poemas, con flores. Tazas que le recordaban que hubo gente, alguna vez, que las usó para tomar café por la mañana, a la mañana siguiente. Mañanas que habían sido el "after" de un previo, de una noche previa, donde había escuchado lo que no quería oír de ellos, donde había dicho lo que no sentía, donde había hecho lo que no quería.
Una vez cada dos meses, ella rompía todas sus tazas. Así pensaba que se rompían sus recuerdos, pero sólo se esparcían. Más pequeños, como cada trozo de cada taza, pero más, más numerosos, más difíciles de recoger. Odiaba sus tazas. Ella bebía café en vaso.
A veces también rompía vasos, pero eso no estaba programado.

Otras veces, escribía canciones. canciones que no eran buenas, canciones que nadie quería, canciones que eran borratajos de letras imposibles, que no tenían ritmo, que no tenían ganas de ser canciones.
Sus púas cogían polvo, igual que su guitarra, y sus dedos se encallaban el día que decidía volver a hacerle mimos, los mimos que mucho tiempo antes le dedicaba todos los días.


Pero ya no, porque su septiembre ya no era como sus otros septiembres y porque hacía tanto calor que ya no quería mantas, ni chocolate caliente, ni tazas rotas, ni ganas de romperlas.

domingo, 1 de mayo de 2011

Pero sigues inspirando.

La vida está llena de obviedades: las fotos en blanco y negro son más bonitas, las noches de los domingos se inventaron para deprimirse y los cuadros de Rubens suben la moral en épocas de dieta.
Pero también hay obviedades personales, y te voy a explicar lo que para mí es obvio ahora, porque quizá tú no lo ves así, o simplemente no te has parado a pensarlo: no voy a buscar una guerra por amor, por un amor que quizá no exista o que puede terminarse antes de empezar.
No voy a volver a tirarme a la piscina por una relación donde veo la salida mucho más clara que la entrada, ni voy a entrar en historias de amor-competencia. Los errores sirven para caer en ellos siempre que queramos y para escarmentar cuando nos sintamos preparados, y te puedo decir que, aunque sea muy dada a las recaídas en todas las variantes posibles de los errores, he sido lista un par de veces y he tenido oportunidad de escarmentar. Y hay precios demasiado altos que ya no pago más.


También te diré que ahora, a día de hoy, prefiero inventarme la perfección antes que vivir la imperfección. Sonreír por la nada y agradecerme la capacidad de imaginación es mucho mejor que malvivir ante la realidad cada vez que llego a la estación de autobuses.
Y, siendo sincera, me falta motivación, la motivación que a ti antes te sobraba pero que parece que guardaste en un bolsillo lleno de agujeros.
La hemos perdido, los dos; o es eso, o tú has decidido no fiarte y dejar para ti lo que antes me dabas sin miramientos. Y sería comprensible, tú también aprendes y escarmientas, aunque seas más dado que yo a lamerte las heridas.


Todavía no sé si esta situación nos pilla siendo demasiado niños o demasiado mayores.

Hasta ¿luego?

Lo que gusta es lo difícil, lo que no está al alcance de la mano. La victoria luchada siempre sabe mejor que la rendición de antemano del contrario o del enchufe por el enchufe.
Pero también es cierto que crecemos, que las cosas cambian, que las situaciones no siempre se retoman donde se dejaron. Tal vez ha sido un disparo al vacío, y sabíamos que no quedaban más balas.
Hemos querido recoger la complicidad que hace tanto tiempo dejamos atrás y ya no está para nosotros, o no ahora. Antes no se acababan los temas y ahora no sé cómo saludarte. Los besos no sé dónde tienen que ir, las sonrisas no sé si te duelen o te alivian y los nervios ya no son lo que eran.
Quizá tengamos una fecha de caducidad demasiado clara, y si es así, es lo único claro entre nosotros. Tú no lo eres, no lo fuiste en su día y no paro de preguntarme si en algún momento tuve fe en que lo pudieras ser.
Yo ya tampoco, no soy clara porque no pienso claro, ni siento claro. Y eso es lo peor de todo. No saber qué sentir hace que sienta poco, nada, pero que las noches de los sábados la nada se vuelva en un todo y no pueda hacer más que llamarte.

No sé si juegas a hacerte el duro o es que ya estás insensibilizado. Y yo me alegro de que no te duela (o de que parezca que no te duele) porque me quitas responsabilidad, pero también me quitas importancia.
Y siendo egoístas, tú eras mi autoestima. Tú hacías que me quisiese y sintiese que si me valorabas, era porque merecía que alguien lo hiciera.
Si ahora ni siquiera tú puedes verme porque me miras y no porque cruzo por delante, no sé cómo me voy a ver yo, cómo te voy a mirar y lo peor de todo, cómo va a ser todo a partir de ahora.

Dijiste que por experiencia que iba a ser imposible ser amigos. Yo te digo que quizá el intento por lo imposible sea lo único que nos quede.

jueves, 28 de abril de 2011

.

Te diré que esta vida es excitante, que bebo por la mañana y estudio por las noches. Intentaré excusarme por lo poco que voy a clase a primera hora, explicándote cómo puedo llegar a dormir con los ojos abiertos.
Te contaré que ahora somos muchos, ruidosos por la risa, intensos por el sentimiento y siempre ligeros, rápidos. Quiero a algunos más que a otros, pero si alguno faltara, no seríamos nosotros.

La vida me va bien, soy más feliz aquí de lo que imaginé que podría, apruebo sin estudiar gran cosa y aunque viva en 4 metros cuadrados, me acompaña mi compañera de toda la vida que habla y calla cuando tiene que hacerlo.
Vivo entre maletas,  y ahora más que nunca. Con grandes proyectos y pocas soluciones.
Persisto en un constante ir y venir de tengo que y no quiero hacerlo.
Gana el vicio al deber y sigo sin caer en las tentaciones de los sábados.

Te digo que aquí se vive a lo grande, mucho más deprisa y, vayas donde vayas, hay mil personas a tu alrededor.
Te cuento que tengo miradas furtivas de vez en cuando y que me quitan el sueño, o más bien lo sustituyen por la imaginación. 
Pero no te diré que tal vez no sean miradas, o no sean furtivas, tal vez sean dos pares de ojos normales que se encuentran porque hacia algún sitio hay que mirar, y que yo, con mi corazón avasallando a mi cabeza, creo todo mi mundo.

No pienso decirte que sólo miraba de verdad cuando te miraba a ti, porque mis ojos ya están secos, y los tuyos ocupados.

Y una pequeña dosis de inmadurez: cuando vea y mire, y fije la mirada como hacía tiempo que no lo hacía, serás el primero en saberlo.

jueves, 21 de abril de 2011

MV

Sólo hace falta coincidir, que llueva y que nadie más quiera salir de casa.
Nos basta con sentarnos en un soportal que nos ha visto crecer, jugar, caernos, reír y a veces incluso amar.
Tenemos entumecidos cada poro de nuestra piel pero lo pagamos con hablar, con 19 años sintiéndonos ancianos de 91, hablando de cómo pasa el tiempo y lo perra que es la vida cuando queremos echar la vista atrás.

Nos hace falta odiar algo para dejar de tenerlo y, por arte de magia, empezar a quererlo. Hace falta que me vaya para que arreglen mis canchas, para saber lo que es echar de menos y decir con la boca llena que llego a casa.

No, en realidad, no hace falta nada. Porque ocurre que vivimos, que el tiempo pasa, que crecemos sin darnos cuenta y el día que nos da por verlo, da miedo.
Ocurre que nos pasan cosas, ocurre que dejamos de ser tan niños y que la vida se vuelve dura. Y ocurre que valoramos de repente todo lo que odiamos en su día.
Mi pueblo, que es una capital de provincia, del que no he hablado bien a nadie y que no recomiendo, aparece ante mí como algo que me pertenece, o más bien, a lo que yo pertenezco.
Vuelvo a bajar sin nada en los bolsillos a saludar a gente que sí me ve. Vuelvo a ver caras conocidas que quiero a mi manera, vuelvo a sentir que soy una pieza de un puzzle que nunca sentí encajar, y que ahora aparece con todas sus piezas perfectas, contándome a mí entre ellas.

Hace falta una mirada, hace falta hablarlo con alguien que tampoco está aquí, que también se sintió forastero en su propio hogar un día y decidió buscarlo en otra parte.
Pero ahora hay dos hogares, incompletos, sin acabar, con goteras y sin luz todos los días, pero míos, propios, uno innato y el otro enteramente trabajado.

Ocurre que la vida ocurre.

domingo, 17 de abril de 2011

The way we work.

Te voy a explicar cómo funciona, cómo ha funcionado siempre y cómo va a seguir funcionando: yo me voy lejos, muy lejos, y así aparte de los problemas de siempre, tenemos la excusa de la distancia.
Yo voy a tener una vida nueva, voy a ser feliz y voy a sonreír a todo aquél que quiera sonreírme.
Yo voy a plantearme nuevos retos, voy a tener nuevas expectativas y aquí vendré a ratitos, pequeños, a lo mejor a regañadientes porque, como ya te he dicho, tengo mi vida nueva y a una no le gusta que le cambien el escenario cada dos por tres.

Y tú...
Tú vas a seguir aquí, tu vida tampoco va a cambiar especialmente, obviando el hecho de que yo ya no estoy en ella, o no como antes.
Tú no vas a tener demasiadas expectativas novedosas y no tendrás nada que contar que se salga de lo común.
Cuando yo venga, tendrás o no ganas de verme, dependiendo de tu día y tu situación.

Pero cuando yo venga, sea como sea, cualquier día, en cualquier situación y bajo cualquier circunstancia, yo voy a tener ganas de verte.
Aunque no tengas nada interesante que contar, voy a escuchar tu rutina de forma casi ansiosa, porque lo que me digas me va a dar igual, voy a estar centrada en que eres tú quien me cuenta cosas.
El que yo tenga o no cosas que contar a ti te importará según te/me veas y sobre todo, si tienes objetivos que cumplir.

Aunque yo sea la de la vida nueva, la que ha cambiado, la que crece segundo tras segundo y la que está mayor, seré la estancada cuando vuelva aquí, yo voy a ser quien tira sin tirar de una cuerda hace siglos rota y quien tenga esa tendencia a quedar fatal.
Y aunque tú no seas más interesante, lo serás. Ocultarás lo que siempre ocultas y cada día tendrás distintos intereses.

Y esto funciona así porque nunca ha funcionado de otra forma. 
Porque sino, no somos nosotros, y porque te gusta ganar a todo lo que juegas, cuando para mí es suficiente que me dejes jugar contigo.

viernes, 8 de abril de 2011

Hoy.

Cambio los apuntes por las palabras de dentro, la morfología por los sentimientos.
Los Redbull ya son cosa de niños y los ojos se entrecierran...

Pero: sol, un patito que me acompaña, un par de miradas furtivas con mucho comedero de coco a lo gratis y decir "es un coñazo, pero es un coñazo muy feliz".

martes, 15 de marzo de 2011

Nos debemos el amor.


Qué desastre, no nos olvidamos nunca.

Quizá deberíamos vernos más días de refilón para notar que seguimos latiendo en el mismo espacio-tiempo y que no es imposible que algún día nos choquemos, cuando yo vaya de visita y tú, simplemente, vayas.

Qué putada de corazón, yo ya no lo entiendo.
No entiendo qué quise ni qué quiero ahora, parece que la niña caprichosa que nunca fui se rebela ahora y lo peor, esto lo pagas tú.

Pagas mi borrachera sin alcohol cuando me da por volver al pasado y recordarte que te hice daño, pagas cuando cedes y yo me largo, pagas un precio tan alto que ya no me atrevo ni a mirarte.
Que te vi pasar, con un paraguas roto y el bocata de ali oli casi me mancha los zapatos nuevos. Que salí cuando ya no podías verme por si te daba por volver, con el sentimiento de que se te había olvidado algo.
Quizá se te había olvidado yo, tengo miedo de que se te haya olvidado yo.

Qué jodido, el egoísmo, yo queriendo vivir sin saber pero contigo bien cerquita, susurrándome la piel.

Qué te voy a decir, amor. Que verte sin que me vieras (?) no significó acordarme de ti, no me hace falta verte para eso. Sólo sigue existiendo, aunque sea lejos, aunque sea invisible, aunque sea sin nombre. Sólo te hace falta existir para que yo te añore.

Que sólo hace falta otro día de locura transitoria para que vuelva a gritarte en silencio que me quieras, que tu forma de querer, esa que me sacó de dudas, esa que me hizo fácil tan poco tiempo, esa que despertó las alas no la ha vuelto a imitar nadie, por muchos besos que pueda dar.

Que pienso volver para decirte un día bien clarito que se nos acabó la bobada y que quiero intentar lo imposible, eso de querernos aunque sea flojito y rápido para que no duela, que te quiero en mi vida y te quiero a secas, y siempre...

...it's been so much lighter since I met you.


Que te debo otra púa verde...

viernes, 25 de febrero de 2011

31.3.2010.


Yo buscaría la inspiración en las monedas que tiran a la fuente los enamorados.
En los arco iris que aparecen en los grandes momentos soleados tras un horrible chaparrón.
Buscaría las ganas de escribir entre los días llenos de cafés y apuntes.
Buscaría las mejores sonrisas en los peores momentos, buscaría el cruce de miradas en el concierto más bullicioso.
Buscaría la chispa, la conexión entre dos almas en una parada del metro a las ocho de la mañana.
Buscaría el mejor brindis en la puerta del INEM.
Los besos más preciosos en los momentos más robados.
Buscaría las ganas de vivir en un piso vacío, esperando ser llenado de color.
Buscaría las ganas de llorar y de gritar lo perra que es la vida en una mesa compartida con las chicas.
Yo sería la musa del mayor perdedor de la historia.
La sensualidad del minusválido.
Sería el equilibrio del funambulista.
Sería aquella persona que hiciera que una habitación se iluminara, simplemente entrando en ella.
Sería la sonrisa para todos, para todas.
Sería la pancarta más hippie en la concentración más conservadora.
...
Cuando alguien sueña con todo lo que querría ser, lo que buscaría, lo que sentiría... es, busca, siente.

lunes, 21 de febrero de 2011

ro_ilovethisgame ;)

Aunque ahora la vida pase más deprisa yo me empeño en vivir más lento y más desordenado para no perder la esencia (o simplemente por pura vagancia).
Es curioso, ahora me da por imitarme.

Tanto pensar en el resto, y cuando más disfruto es cuando disfruto conmigo.

Que me digan que la vida es para entenderla, que yo seguiré sin creérmelo.

Que me digan cuándo crecer.

Tiene un don todo aquél que puede hacer sentirse bien a otros con las manos, con los colores y con su mirada.
Vivir en una eterna competición donde siempre pierde el mismo no es vivir, y la auto-compasión no es una forma de vida.
Saber mirarse con distintos espejos es un trabajo que lleva toda la vida, no medirse en comparación con los demás, sino en comparación con el propio pasado es la meta que no todo el mundo sabe que persigue.

Saber la teoría pero no creérsela es lo que toca sufrir cuando no se está seguro ni de uno mismo.

El vaivén, las incertidumbres constantes y los malos pensamientos son el pan de cada día y la necesidad de demostrar al resto con el único fin de demostrarse a uno mismo sigue ahí.

Será quizá que la hora de crecer todavía no ha llegado, que toca seguir buscando qué, con quién, a quién. Que realmente SÍ hay que repetir los errores una y otra vez para aprender (en algún momento). Que quizá lo de querer y quererse viene más adelante...

O tal vez siga teniendo la dichosa costumbre de dejarlo todo para el último día.











"A mí... a mí me gusta la gente".

Quiénmemandaráamí.

Soñar es gratis.


Engañarse, no tanto.

viernes, 11 de febrero de 2011

RL

Si era la propia luz del sol la que la despertaba por las mañanas, se desperezaba sonriente y de buen humor: iba a ser un buen día. En meses como julio, o agosto, se levantaba lento, despacio, como temiendo que algún movimiento brusco la rompiera en mil pedazos.
Eran mañanas de abrir los ojos despacio, de contorsionarse por la cama e ir apreciando poco a poco los detalles de su habitación. Y si daba la casualidad de que no había nadie más en casa, la sensación de calma y libertad alcanzaba su punto óptimo.
A veces, todavía entre el sueño y la realidad, se ponía música relajante para irse despertando, para que sus oídos volvieran a cobrar vida y su mente empezara a vibrar con cada nota.

Largo rato después, ya despierta pero perezosa, solía llamar a su gata, que la espiaba expectante desde la puerta de su habitación, esperando la mínima señal para subirse también a su cama.
Y así ya eran dos remolonas, que no se movían de allí porque eso era el paraíso, una acariciando a la otra, la otra dando pequeños lametazos en la cara de la primera.

Y así podían pasar horas.

Y ninguna de las dos notaba que ahí fuera estaba el mundo.

miércoles, 19 de enero de 2011

R.

Se sentía más guapa cuando se imaginaba que cuando se miraba, dudaba si la chica de las fotos era realmente ella y tenía la horrible manía de compararse con cualquier persona (preferentemente, con cualquiera con la que pensaba que salía perdiendo).
Tenía malos vicios, y vicios no tan malos, pero todos irresistibles; desde el chocolate hasta el masoquismo más puro, el que hace ver con el paso del tiempo que hay cosas que no evolucionan solas.

Le daba por escribir cuando se leía y se gustaba, quería más siempre y siempre quería que la quisiesen más.
Competidora nata pero con miedo a la competición (más que a la competición, a la derrota). Siempre buscando ser la mejor pero con miedo a no estar nunca a la altura. Reina de las paradojas y, para más paradoja, madura por naturaleza.

Especial, decían, y con una gran tendencia a la sonrisa por la sonrisa. Le gustaba la gente que, como ella, sonreía con los ojos y no traicionaba, ni con palabras ni con miradas. Le gustaba la sencillez porque para complicada ya estaba ella y tenía grandes problemas de concentración. Le gustaban los retos y, por eso mismo, solía rechazar lo fácil, aunque en definición de "lo fácil" se pudiera incorporar a personas. Muchas veces alejaba de ella los buenos ángeles para atarse de por vida a los peores ejemplos.
Fan de las causas perdidas.

Oía música de todo tipo y no conseguía hacer una lista con sus diez artistas favoritos repitiendo, por lo menos, tres.
Inestable, desordenada y con tendencia al caos. Todas las noches se acostaba diciendo que mañana empezaría su vida ordenada y todas las tardes se repetía que "mejor mañana", para algunas cosas la madurez viene con retraso.

Irresponsable y exigente. Orgullosa y acomplejada. Risueña y tendente al dramatismo.
Escribía muchas veces sobre la incertidumbre de si su vida era o no era suya o, por lo menos, si la manejaba.
Hablaba constantemente de sus ganas de conocerse y, ¡oh, más paradoja! sentía odio hacia los egocéntricos como ella.

Pero cuando lo pensaba bien, se gustaba.
Ese caos, esa continua contradicción.
Era un nudo.
Podría definirse así: un nudo. Un nudo que se acabaría desatando cualquier día, cuando encontrase la explicación que ella pensaba que iba a solucionar su vida y dar un vuelco a la realidad donde ella estaba. Su "revelación". Ese nudo se acabaría desatando.

O no.
Quizá cuando lograse después de tanto empeño desatar ese nudo de su vida, descubriese que era más feliz cuando no sabía exactamente como era (¿tanta falta hace conocerse una TAN BIEN?)

Otra paradoja.

Empieza bien, 19 :)

Hacer una entrada sobre mis 19 el mismo día 20 a la 1.16 es quizá bastante precipitado, pero la tendencia a olvidar sigue siendo uno de mis puntos débiles y no querría para nada del mundo olvidar los 18.
Quien tiende a la nostalgia a partir de los cuarenta (y diez, como diría Sabina) recuerdan la adolescencia como el período intenso, rebelde, de las grandes locuras y los grandes amores. No será así en mi caso, mi adolescencia fue un pequeño letargo que yo misma implanté: una infancia que no fue del todo fácil favoreció una madurez demasiado pronto, un chubasquero en el ánimo y unas cuantas ganas de no sentir.
Pero no sentir es imposible, y los momentos de alegrías intensas y dolores profundos existieron... no recuerdo día más triste que uno de verano en mis 16, dejando a lo que yo había considerado amor durante dos años y sintiendo que yo misma me arrancaba un seguro de vida tan potente como rutinario.

Quizá fue a partir de entonces cuando decidí dejar de mirar mi vida para empezar a vivirla, y diríamos que no fue bien, y tampoco mal. Diríamos que fue... mío. Y me encantó, y me encanta, me encantan incluso las cosas que veo ahora por las que me mataría si pudiera, me encanta cómo la madurez primera va siendo sustituida por otra que quizá sea más desencantada pero más mía y cómo sé que irá a más.

He cambiado de idea, no voy a hablar de los 18. Los 18 los he vivido, puedo decir que los he sentido cada día y que he cometido tantos errores como podría cometer una persona a lo largo de toda su vida. Pero esos errores son míos y las ganas de repetirlos o no, también.

Y los 19 van de deseos: deseos de estar conforme conmigo misma, deseos de gustarme lo que hago sin mirar qué hace el resto, deseos de encontrar un YO que no se compare con nadie y que brille tal y como es.
Muchas ganas de seguir profundizando en los amores que voy sintiendo aquí, que no son pocos. Muchas ganas de comerme la vida que por fin puedo decir que he elegido yo y muchas ganas de que la vida también me dé algún mordisco a mí.
Ganas de madurar pero madurar bonito.
De sentir bonito.
De ver bonito.
De ser bonita.
Ganas de que los 19 tengan un color dorado cuando los piense en unos años y ganas de merecerme todo lo que me pase. Ganas de coger totalmente las riendas de la vida y tirar con ella hacia donde vaya sintiendo que tengo que ir.

Muchas ganas, muchas ganas de todo. De innovar con todo y de mantener lo que ya está conseguido.
Ganas de 6, de Salamanca, de Valladolid, de Madrid.
GANAS GANAS GANAS.



Y después de los 19, más.

lunes, 3 de enero de 2011

Años y años y nosotros no cambiamos, mi vida.

Año intenso.
Las lágrimas y las sonrisas han sido prácticamente simultáneas, el dolor del amor y las ganas de amar han convivido y mis paradojas han ocupado los 365 días del año.
Las ganas de conocerme no han cambiado y los sentimientos a flor de piel que eché de menos en su día vienen estos primeros días de enero para recordarme que el corazón no deja de latir y los errores en los que me encanta caer siguen existiendo.
La frialdad objetiva con la que puedo analizar ciertos temas con ciertas personas, y la total discordancia entre cabeza y corazón que existe cuando hablamos, sentimos, pensamos o creemos en ti, por ejemplo.

Ellas lo han pasado mal, ella en particular. Nosotras hemos tenido un verano intenso de amores y hartazgos y de largas despedidas, que empezaron el día en que decidí que mi vida no estaba aquí.
Y sin embargo, la ciudad de mis pesadillas es ahora el destino al que me gustaría ir cada fin de semana, la sensación de entrar en CASA cuando abro la puerta, el calor que no tiene que ver con radiadores y la lentitud que puedo permitirme aquí.

La comodidad, la no novedad.
Me quejé en un principio de que, llegando aquí, parecía que el mundo no se había movido desde la última vez que estuve, que aquí las cosas no evolucionan y que cada vez que llego, los mismos problemas, sensaciones y obsesiones me esperan.
Ahora casi lo necesito, ahora me hace falta volver a los problemas de toda la vida, a la desmaduración porque los problemas de allí son para mayores de 18, a que las cosas pasen más lento porque en el Metro la gente no te mira, porque allí todos tienen prisa y una aprende a dejar de correr para empezar a volar.

Pero no me quejo, es la vida que elegí y la vida que elegiría las mil veces que podría retroceder en el tiempo.

Otra paradoja.

¿Cuándo va a llegar el día en que sepa que tomo mis decisiones de forma acertada y que sienta que llego a casa esté donde esté?
¿Cuándo voy a querer sabiendo que lo que quiero merece la pena?
El amor que siento ahora es un amor resignado, que sabe que no se va a ir pero que tampoco va a volver, que sabe que no tiene sentido y aún así existe, un amor que ya no sabe ni si es amor o costumbre, pero que provoca la misma sonrisa cuando él dice VOY.

Y las mañanas de los días siguientes donde me replanteo hasta mi nombre y las ganas de no tener ganas se vuelven insoportables.
Y siempre decimos que el futuro es impredecible, pero yo digo que los tres últimos principios de año los he pasado besando y mirando a la misma persona, y que no me extrañaría que dejara de besarla a principios de mes para volver a besarla el último día del año.
Y es que las ganas de sus besos no se van, pero quizá sean simplemente ganas de besos que muevan el piso un poco, vengan de quien vengan.

Pero siempre vienen de ti, y esas ganas siempre se quedan con sed cuando vuelves a decir que lo sientes.

sábado, 1 de enero de 2011

En 2011 no todo cambia.

El dolor de echar la vista atrás es saber que hay cosas que no vuelven, que se ha cambiado y la vida es distinta. Crecemos, cambiamos, nos movemos, y todo lo que dejamos atrás no es sino recuerdos que dependen de nosotros; si no los pensamos, se van.
Y es difícil crecer. Tomar decisiones importantes no es difícil; lo complicado es vivir en ellas, vivir sus consecuencias y pensar en cómo hubiera sido todo si en el último segundo hubiese decidido cambiar de idea. No habría habido progreso, evolución, nuevos colores, nuevos problemas y alguna solución a problemas antiguos.
Pero, independientemente de cuánto cambiemos, seguimos siendo nosotros, los mismos, los que tomamos las mismas decisiones siempre que podemos, los que tenemos talones de Aquiles por todos los lados, los que amamos igual y olvidamos no tan fácilmente.

Seguimos con los mismos errores, que de tantas veces cometidos quizá puede pensarse que deberían ser aciertos.
No hay arrepentimiento suficiente para algo si sabes que lo volverías a hacer.
Porque a tu lado perdí mi tiempo, y lo volvería a perder de nuevo.

martes, 7 de diciembre de 2010

Malos vicios.

Sabía mirar mejor que nadie, daba besos que hacían sentir un amor que no existía, no engañaba cuando mentía y tenía más vidas que un gato. Avisó desde el primer momento de que era el peor veneno, se dedicó a prevenirla de sí mismo y a cumplir sus malas promesas.
Vivió dos años explicándole de forma práctica cómo NO había que hacer las cosas, y ella sacaba dieces en los exámenes para parecer una estúpida.

Huir y sentir en la distancia el calor del olvido es totalmente falso. Estar a tantos kilómetros de distancia hacía que la incómoda realidad no llegase a su puerta y que pudiera sonreír en tu falsa indiferencia.
Pero las sentencias se cumplen y tuvo que volver al mundo que la esperaba congelado desde que se fue, un mundo que no había avanzado, que no evolucionaba y que hacía que ella retrocediera para ambientarse.

Si sientes que un problema vuelve, es que nunca ha sido superado. El betadine encima de heridas que exigen amputación no sirve.

Y otra vez, lo mismo. No cambiar, no mejorar, no superar. ¿Qué se supone que es ahora su vida si descubre que no ha abandonado sus malos vicios?
Escribir comedia trágica sin comedia se le daba demasiado bien últimamente, y odiaba ese lenguaje dramático que semejaba cuervos negros y ojos tristes.

Y de morfina, unos cuantos kilómetros de distancia, aún con las mismas ganas de volver.