Si hace sol, puedo tumbarme en su hierba, que me moja, me pica, me hace cosquillas. Que me inunda de verde. Si hace sol, puedo irme a su mercado, con el bolso bien agarrado, a hablar con gentes de colores que me venden partes de sí mismos, cosas que han hecho, comprado o incluso robado. Puedo formar parte de una muchedumbre colorida que busca todo sin necesitar nada, algo que llene su día un poco más, algo que le pida ser suyo.
Cuando hace calor, puedo ir a reencontrarme con sus calles, de las que no me canso, que no se cansan de mí. Puedo recorrerlas, anchas, espaciosas pero con falta de espacio para quienes la transitan; puedo alzar los ojos y no ver el límite de sus edificios, puedo ver lo moderno y lo nuevo entremezclarse como si siempre hubieran existido así, necesitándose, coexistiendo.
También puedo ver sus calles pobres, más pequeñas, más solas, más bajas y más vivas. Más propias, más personales, más calles. Puedo andarlas a todas, verlas a todas, mirarlas a todas. Se me pueden desgastar los ojos en ellas porque no me cansarán nunca, porque siempre tendré ganas, porque aún apenas conociéndonos, ya son mías.
Cuando hace frío, puedo pasear mi bufanda por suelos resbaladizos, peleados con el agua y la poca nieve, puedo enfrentarme al aire frío entre bolsas de nuevas compras en las zonas centro, puedo mirar un cielo lleno de luces de colores que sólo aquí es tan fantástico y urbano a la vez.
Si hace frío, puedo ver a otras gentes al otro lado del cristal que andan, corren, se dan prisa o pasean, de uno en uno, en parejas, grupos. Los puedo ver a todos, formando parte de un ciclo que nunca descansa, de unos caminos que nunca se abandonan, de unos suelos que son siempre pisados.
Si llueve, puedo mojar mis botas por sus calles peatonales evitando o buscando charcos, puedo correr ante la inclemencia de sus edificios, que no me protegen del agua, que no me esconden una luna que ilumina a toda mi ciudad, inabarcable. Puedo sentir a mi ciudad empapada seguir latiendo igual, nunca para, siempre deprisa, nunca sola.
Nunca conoceré todos sus rincones, siempre será nueva, siempre será distinta. Mi ciudad me enseñará cada día una cara, me pondrá un paisaje según lo que yo quiera ver. Será melancólica, caótica, inabarcable, lejana, preciosa, mía. Suya.
...y que no te importe mancharte los pies, reírte del espejo y decir siempre que quieras que sí.
jueves, 15 de septiembre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Septiembre.
Este no era como sus septiembres. Sus septiembres eran fríos, grises, amenazaban con tormenta cada vez que pensaba salir de casa. Sus septiembres le llevaban una manta porque la iba a necesitar. En sus septiembres, ella subía la manta hasta la nariz y tenía ganas de chocolate caliente.
Este septiembre no. Ahora hacía calor, ahora las mantas le sobraban por todas partes y los chocolates calientes empalagaban e iban seguidos de largos tragos de agua helada.
Pero por lo demás todo seguía igual; igual de desastre, igual de mal alimentada, igual de despeinada y mal vestida en casa. Las persianas bajadas, no quería ver ese sol que le engañaba, que no debía estar ahí, que no anunciaba un otoño que sin embargo sí llegaba. Su salón seguía siendo igual de pequeño para muchos y gigante para ella, sus folios, acompañando a sus púas verdes, sus mantas que no usaba, sus motas de polvo, sus cascos, sus canciones tiradas. Todo por el suelo. Todo estaba allí, a su alcance. Su guitarra en una esquina, sus maletas, hechas y deshechas, su vida en un eterno viaje donde nunca llegaba a casa; siempre perdía las llaves.
Sus intenciones de cambiar, de mejorar. De comer fruta y recoger del suelo sus trozos de vida. De despedirse de su amado desorden, compañero fiel. De recoger sus fotos, de colocarlas, de mirarlas y reconocer a la gente que, sin darse cuenta, había decidido inmortalizarse allí, para ella, para ser pensados y queridos, para no irse nunca.
Sus ganas de estar sola, de no tener nada que hacer, sólo escuchar música muy alto, tan alto que ya no pudiese oírse a sí misma (ni a nadie) nunca más. Una música que llenase sus oídos, su mente, su corazón, su cuerpo. Una música que completase cada uno de sus vacíos, una música que le prometiese que nunca se iba a ir.
Sus tazas de café le recordaban corazones pasados. Rojas, negras, con dibujos, con letras, con poemas, con flores. Tazas que le recordaban que hubo gente, alguna vez, que las usó para tomar café por la mañana, a la mañana siguiente. Mañanas que habían sido el "after" de un previo, de una noche previa, donde había escuchado lo que no quería oír de ellos, donde había dicho lo que no sentía, donde había hecho lo que no quería.
Una vez cada dos meses, ella rompía todas sus tazas. Así pensaba que se rompían sus recuerdos, pero sólo se esparcían. Más pequeños, como cada trozo de cada taza, pero más, más numerosos, más difíciles de recoger. Odiaba sus tazas. Ella bebía café en vaso.
A veces también rompía vasos, pero eso no estaba programado.
Otras veces, escribía canciones. canciones que no eran buenas, canciones que nadie quería, canciones que eran borratajos de letras imposibles, que no tenían ritmo, que no tenían ganas de ser canciones.
Sus púas cogían polvo, igual que su guitarra, y sus dedos se encallaban el día que decidía volver a hacerle mimos, los mimos que mucho tiempo antes le dedicaba todos los días.
Pero ya no, porque su septiembre ya no era como sus otros septiembres y porque hacía tanto calor que ya no quería mantas, ni chocolate caliente, ni tazas rotas, ni ganas de romperlas.
viernes, 29 de julio de 2011
Por lo general, las faldas de tubo, las chaquetas ajustadas y los tacones imposibles llenaban su armario, favoreciéndole las líneas y quitándole un poquito la respiración. Hacía tiempo que sabía andar con sus agujas, y su taconeo era firme y decidido en cada paso, cuando recorría las calles con la cabeza alta, la espalda erguida y la mirada desafiante y penetrante que no se apartaba de algún que otro intento de Don Juan que la comía con los ojos.
Los días de invierno añadía a su rutinario atuendo un abrigo elegante, gordo, oscuro, que (pensó cuando lo compró, acertadamente) le combinaría con todo las veces que la nieve, lluvia o fría niebla decidiese apostarse fuera de su ventana.
Perfectamente maquillada y vestida, y siendo conocedora, sin arrogancia, de su deseable envoltorio, salía todas las mañanas dispuesta a otro día rutinario, con sus tacones y sus bolsos de mano, seria, fría, mujer.
Cuando empezaba a oscurecer, salía de su también elegante y frío habitáculo donde había pasado horas tecleando, caminaba por el novísimo pasillo de su oficina y pedía, sin mirarlo siquiera, un ascensor a un botones que todas las tardes esperaba su llegada. En el taxi volviendo a casa nunca dejaba propina y, aunque educada, cortaba seca a los taxistas que llevaban muchas horas de conducción a sus espaldas y, como consuelo, buscaban algunas palabras ajenas.
La llegada a casa era tan rutinaria como el resto del día: tacones fuera, bolso en el perchero y abrigo perfectamente tieso, colgado también del mismo. Cena fría con frutos secos, contados (la cintura no se mantiene a base de Nocilla y chorizo de cantimpalo) y dos vasos de agua. Vistazo rápido y desinteresado a la televisión, pijama y a dormir.
Se podían contar las palabras salidas de sus labios al día con la mano, nunca una de más, a veces demasiado parca, dando de qué hablar a sus compañeras de trabajo, más parlanchinas y menos elegantes, que la miraban desde la curiosidad, la envidia y la lástima.
Años y años de misma rutina: maquillaje, embutirse en esos trajes, taconeo firme, tecleado rápido, vuelta a casa, hambre no saciada con aquella cena y cama.
Posiblemente esos años hubiesen seguido hasta que el maquillaje ya no pudiese tapar sus arrugas y los trajes imposibles hubieran sido imposibles de verdad, sino hubiera sido por una mancha en la pared del salón que cierto día alteró su vida. Alarmada ante una muestra tan burda de la imperfección, tuvo que llamar a su casero, que a su vez llamó a un pintor, que apareció allí media hora más tarde de la citada, a los dos días.
Desconfiada del ajeno personaje, ella decidió quedarse en casa aquél día haciendo algo que jamás antes se le hubiera ocurrido, salvo en algún caso de emergencia (como aquél era): llamar al trabajo: "hoy debo tomarme el día libre, asuntos personales". Era cierto que le debían muchos (muchísimos) meses de vacaciones porque nunca los había pedido, pero lo cierto era que ella jamás había tenido necesidad de hacerlo.
Cuando se personó allí el pintor, tarde, como ya se ha dicho, le abrió la puerta una elegante mujer elegantemente vestida y con una elegante mirada de infinito enfado que no se esfumó ni siquiera cuando él le pidió disculpas con la más encantadora de sus sonrisas y le dio explicaciones por su tardanza.
- El tráfico, señora, ya sabe usted.
Cuando llegó al salón y se le indicó todavía con enfado la ubicación de la mancha que debía ser eliminada de inmediato, para que ella pudiera volver a su rutina, el pintor se dispuso con todo, preparado para borrar esa imperfección que le quitaba el sueño a su dueña.
Ya pintando y sin esperanza de que la propietaria tuviera un detalle como servirle una cerveza, entretenerle con palabras, sonreírle o simplemente mirarle, el resignado pintor no reparó en la presencia continua y (si se hubiera dado cuenta antes) algo agobiante de la misma propietaria, que lo miraba desde abajo (él era alto, pero no medía los tres metros que tenía la pared de alto y la mancha estaba cerca del techo, por lo que debió usar una escalera que él se había facilitado). Al creerse solo, el pintor repartía alegremente y con algo de descuido la pintura que taparía la grieta, sin tener en cuenta las salpicaduras que podían mantener (dios no lo quisiese) la imperfección de la casa. Mientras repartía color a diestro y siniestro, el pintor canturreaba canciones con voz desafinada y con intención, alegre, como si estuviese pintando la obra de su vida. Mientras lo miraba, la seriedad de ella fue transformándose, primero en desconcierto, después, curiosidad, y acabó lamiéndole los ojos una sensación de alegría contagiosa que hacía que esbozara medias sonrisas cuando el pintor, en medio estribillo de su canción imaginaria, se movía torpemente, lo que las alturas desde la escalera le permitían.
De repente, como si se tratase de una sensación que hubiese estado siempre pero oculta, los tacones empezaron a hacer demasiado daño, la chaqueta se redujo un par de tallas y el moño que llevaba en el pelo se volvió demasiado tirante. Descolocada ante esta situación, ella murmuró unas torpes palabras, más para sí que para otro, que decían algo de retirarse un momento, ponerse algo más cómodo y volver enseguida.
Cuando atacó su armario en busca de una camisa más ancha, un jersey o incluso, un chándal, no encontró nada apropiado en su primer vistazo. Tuvo que mantener una ardua conversación con su ropero que se alargó unos cuantos minutos, pero, tras unos cuantos insultos, un par de collejas y un gran enfado por su parte, la dueña y señora de la mancha consiguió dar con una camiseta de tirantes blanca, muy ancha y con los agujeros de las mangas largos, que dejaban entrever un poco su sujetador de diseño y le llegaba por encima de las rodillas. Unos calcetines gruesos fueron el complemento perfecto de dicho atuendo, y el moño, en crisis por las nuevas sensaciones que atacaban a su señora, dejó paso a un pelo suelto algo alborotado.
Toda ella respiraba, tanto en el sentido literal (casi ni los pijamas le dejaban el tórax totalmente relajado) como en sentido espiritual: sus ojos ya no eran devastadores, el nudo de sus labios se había destensado, exhibiendo una boca grande, bonita, marcada con una levísima sonrisa. Las cejas relajadas, los brazos sueltos, los hombros algo más caídos; así volvió a la habitación donde se encontraba el pintor. La gota que colmó el vaso se dio cuando, volviendo a su posición de observadora, una gota de pintura atacó una comisura de su labio. Una risa que había residido como un virus en su estómago subió por su garganta y arremetió contra sus cuerdas vocales hasta conseguir salir afuera, deleitando a cualquier posible oyente con unos gorgoritos que pretendían ser risa, algo desafinados por la falta de práctica, pero puros y llenos de vida, que hicieron que el pintor, alarmado, se girase bruscamente, cayendo sin remedio desde su alta escalera.
Una vez allí, una risa más experimentada y ruda, la de él, se unió a los nuevos sonidos de ella y terminaron con ambos por los suelos, muertos de risa, llenándose del color yema de huevo que ella había exigido para su salón.
Cada nueva mancha en sus pieles era un nuevo motivo de risa, de complicidad, de juego y de una libertad que a él le sorprendía y a ella le desataba, una libertad que llenaba de color todos sus trajes perfectos y grises, incluso su gran abrigo, una libertad que ondulaba su pelo y revoloteaba por su camisa.
Cuando se repusieron de tanto color, ella le pidió más.
- Tráeme todos los cubos de pintura que tengas, vamos a pintar la casa: las paredes, los muebles, la ropa, los sentimientos, vamos a pintar todo.
Lo pintaron todo, como ella había pedido. Las paredes jamás fueron yema de huevo, fueron verdes, azules, rojas, contrastando con los muebles, que también se empaparon de esos nuevos colores que su dueña veía por vez primera. La ropa gris fue tirada por la ventana, el abrigo sirvió para hacer un estupendo mantel multicolor sobre el que cenaron los dos infinitas veces.
Los colores lo inundaron todo, incluso a ellos, que no pararon de pintarse nunca, bebiéndose la esencia con naranjas, amarillos y violetas, que se quisieron con rojos intensos, durmieron en lechos de azul oscuro, jugueteaban en verde y fueron libres y felices, con todos los colores que él iba sacando de sus cubos.
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