Si era la propia luz del sol la que la despertaba por las mañanas, se desperezaba sonriente y de buen humor: iba a ser un buen día. En meses como julio, o agosto, se levantaba lento, despacio, como temiendo que algún movimiento brusco la rompiera en mil pedazos.
Eran mañanas de abrir los ojos despacio, de contorsionarse por la cama e ir apreciando poco a poco los detalles de su habitación. Y si daba la casualidad de que no había nadie más en casa, la sensación de calma y libertad alcanzaba su punto óptimo.
A veces, todavía entre el sueño y la realidad, se ponía música relajante para irse despertando, para que sus oídos volvieran a cobrar vida y su mente empezara a vibrar con cada nota.
Largo rato después, ya despierta pero perezosa, solía llamar a su gata, que la espiaba expectante desde la puerta de su habitación, esperando la mínima señal para subirse también a su cama.
Y así ya eran dos remolonas, que no se movían de allí porque eso era el paraíso, una acariciando a la otra, la otra dando pequeños lametazos en la cara de la primera.
Y así podían pasar horas.
Y ninguna de las dos notaba que ahí fuera estaba el mundo.
...y que no te importe mancharte los pies, reírte del espejo y decir siempre que quieras que sí.
viernes, 11 de febrero de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
R.
Se sentía más guapa cuando se imaginaba que cuando se miraba, dudaba si la chica de las fotos era realmente ella y tenía la horrible manía de compararse con cualquier persona (preferentemente, con cualquiera con la que pensaba que salía perdiendo).
Tenía malos vicios, y vicios no tan malos, pero todos irresistibles; desde el chocolate hasta el masoquismo más puro, el que hace ver con el paso del tiempo que hay cosas que no evolucionan solas.
Le daba por escribir cuando se leía y se gustaba, quería más siempre y siempre quería que la quisiesen más.
Competidora nata pero con miedo a la competición (más que a la competición, a la derrota). Siempre buscando ser la mejor pero con miedo a no estar nunca a la altura. Reina de las paradojas y, para más paradoja, madura por naturaleza.
Especial, decían, y con una gran tendencia a la sonrisa por la sonrisa. Le gustaba la gente que, como ella, sonreía con los ojos y no traicionaba, ni con palabras ni con miradas. Le gustaba la sencillez porque para complicada ya estaba ella y tenía grandes problemas de concentración. Le gustaban los retos y, por eso mismo, solía rechazar lo fácil, aunque en definición de "lo fácil" se pudiera incorporar a personas. Muchas veces alejaba de ella los buenos ángeles para atarse de por vida a los peores ejemplos.
Fan de las causas perdidas.
Oía música de todo tipo y no conseguía hacer una lista con sus diez artistas favoritos repitiendo, por lo menos, tres.
Inestable, desordenada y con tendencia al caos. Todas las noches se acostaba diciendo que mañana empezaría su vida ordenada y todas las tardes se repetía que "mejor mañana", para algunas cosas la madurez viene con retraso.
Irresponsable y exigente. Orgullosa y acomplejada. Risueña y tendente al dramatismo.
Escribía muchas veces sobre la incertidumbre de si su vida era o no era suya o, por lo menos, si la manejaba.
Hablaba constantemente de sus ganas de conocerse y, ¡oh, más paradoja! sentía odio hacia los egocéntricos como ella.
Pero cuando lo pensaba bien, se gustaba.
Ese caos, esa continua contradicción.
Era un nudo.
Podría definirse así: un nudo. Un nudo que se acabaría desatando cualquier día, cuando encontrase la explicación que ella pensaba que iba a solucionar su vida y dar un vuelco a la realidad donde ella estaba. Su "revelación". Ese nudo se acabaría desatando.
O no.
Quizá cuando lograse después de tanto empeño desatar ese nudo de su vida, descubriese que era más feliz cuando no sabía exactamente como era (¿tanta falta hace conocerse una TAN BIEN?)
Otra paradoja.
Tenía malos vicios, y vicios no tan malos, pero todos irresistibles; desde el chocolate hasta el masoquismo más puro, el que hace ver con el paso del tiempo que hay cosas que no evolucionan solas.
Le daba por escribir cuando se leía y se gustaba, quería más siempre y siempre quería que la quisiesen más.
Competidora nata pero con miedo a la competición (más que a la competición, a la derrota). Siempre buscando ser la mejor pero con miedo a no estar nunca a la altura. Reina de las paradojas y, para más paradoja, madura por naturaleza.
Especial, decían, y con una gran tendencia a la sonrisa por la sonrisa. Le gustaba la gente que, como ella, sonreía con los ojos y no traicionaba, ni con palabras ni con miradas. Le gustaba la sencillez porque para complicada ya estaba ella y tenía grandes problemas de concentración. Le gustaban los retos y, por eso mismo, solía rechazar lo fácil, aunque en definición de "lo fácil" se pudiera incorporar a personas. Muchas veces alejaba de ella los buenos ángeles para atarse de por vida a los peores ejemplos.
Fan de las causas perdidas.
Oía música de todo tipo y no conseguía hacer una lista con sus diez artistas favoritos repitiendo, por lo menos, tres.
Inestable, desordenada y con tendencia al caos. Todas las noches se acostaba diciendo que mañana empezaría su vida ordenada y todas las tardes se repetía que "mejor mañana", para algunas cosas la madurez viene con retraso.
Irresponsable y exigente. Orgullosa y acomplejada. Risueña y tendente al dramatismo.
Escribía muchas veces sobre la incertidumbre de si su vida era o no era suya o, por lo menos, si la manejaba.
Hablaba constantemente de sus ganas de conocerse y, ¡oh, más paradoja! sentía odio hacia los egocéntricos como ella.
Pero cuando lo pensaba bien, se gustaba.
Ese caos, esa continua contradicción.
Era un nudo.
Podría definirse así: un nudo. Un nudo que se acabaría desatando cualquier día, cuando encontrase la explicación que ella pensaba que iba a solucionar su vida y dar un vuelco a la realidad donde ella estaba. Su "revelación". Ese nudo se acabaría desatando.
O no.
Quizá cuando lograse después de tanto empeño desatar ese nudo de su vida, descubriese que era más feliz cuando no sabía exactamente como era (¿tanta falta hace conocerse una TAN BIEN?)
Otra paradoja.
Empieza bien, 19 :)
Hacer una entrada sobre mis 19 el mismo día 20 a la 1.16 es quizá bastante precipitado, pero la tendencia a olvidar sigue siendo uno de mis puntos débiles y no querría para nada del mundo olvidar los 18.
Quien tiende a la nostalgia a partir de los cuarenta (y diez, como diría Sabina) recuerdan la adolescencia como el período intenso, rebelde, de las grandes locuras y los grandes amores. No será así en mi caso, mi adolescencia fue un pequeño letargo que yo misma implanté: una infancia que no fue del todo fácil favoreció una madurez demasiado pronto, un chubasquero en el ánimo y unas cuantas ganas de no sentir.
Pero no sentir es imposible, y los momentos de alegrías intensas y dolores profundos existieron... no recuerdo día más triste que uno de verano en mis 16, dejando a lo que yo había considerado amor durante dos años y sintiendo que yo misma me arrancaba un seguro de vida tan potente como rutinario.
Quizá fue a partir de entonces cuando decidí dejar de mirar mi vida para empezar a vivirla, y diríamos que no fue bien, y tampoco mal. Diríamos que fue... mío. Y me encantó, y me encanta, me encantan incluso las cosas que veo ahora por las que me mataría si pudiera, me encanta cómo la madurez primera va siendo sustituida por otra que quizá sea más desencantada pero más mía y cómo sé que irá a más.
He cambiado de idea, no voy a hablar de los 18. Los 18 los he vivido, puedo decir que los he sentido cada día y que he cometido tantos errores como podría cometer una persona a lo largo de toda su vida. Pero esos errores son míos y las ganas de repetirlos o no, también.
Y los 19 van de deseos: deseos de estar conforme conmigo misma, deseos de gustarme lo que hago sin mirar qué hace el resto, deseos de encontrar un YO que no se compare con nadie y que brille tal y como es.
Muchas ganas de seguir profundizando en los amores que voy sintiendo aquí, que no son pocos. Muchas ganas de comerme la vida que por fin puedo decir que he elegido yo y muchas ganas de que la vida también me dé algún mordisco a mí.
Ganas de madurar pero madurar bonito.
De sentir bonito.
De ver bonito.
De ser bonita.
Ganas de que los 19 tengan un color dorado cuando los piense en unos años y ganas de merecerme todo lo que me pase. Ganas de coger totalmente las riendas de la vida y tirar con ella hacia donde vaya sintiendo que tengo que ir.
Muchas ganas, muchas ganas de todo. De innovar con todo y de mantener lo que ya está conseguido.
Ganas de 6, de Salamanca, de Valladolid, de Madrid.
GANAS GANAS GANAS.
Y después de los 19, más.
Quien tiende a la nostalgia a partir de los cuarenta (y diez, como diría Sabina) recuerdan la adolescencia como el período intenso, rebelde, de las grandes locuras y los grandes amores. No será así en mi caso, mi adolescencia fue un pequeño letargo que yo misma implanté: una infancia que no fue del todo fácil favoreció una madurez demasiado pronto, un chubasquero en el ánimo y unas cuantas ganas de no sentir.
Pero no sentir es imposible, y los momentos de alegrías intensas y dolores profundos existieron... no recuerdo día más triste que uno de verano en mis 16, dejando a lo que yo había considerado amor durante dos años y sintiendo que yo misma me arrancaba un seguro de vida tan potente como rutinario.
Quizá fue a partir de entonces cuando decidí dejar de mirar mi vida para empezar a vivirla, y diríamos que no fue bien, y tampoco mal. Diríamos que fue... mío. Y me encantó, y me encanta, me encantan incluso las cosas que veo ahora por las que me mataría si pudiera, me encanta cómo la madurez primera va siendo sustituida por otra que quizá sea más desencantada pero más mía y cómo sé que irá a más.
He cambiado de idea, no voy a hablar de los 18. Los 18 los he vivido, puedo decir que los he sentido cada día y que he cometido tantos errores como podría cometer una persona a lo largo de toda su vida. Pero esos errores son míos y las ganas de repetirlos o no, también.
Y los 19 van de deseos: deseos de estar conforme conmigo misma, deseos de gustarme lo que hago sin mirar qué hace el resto, deseos de encontrar un YO que no se compare con nadie y que brille tal y como es.
Muchas ganas de seguir profundizando en los amores que voy sintiendo aquí, que no son pocos. Muchas ganas de comerme la vida que por fin puedo decir que he elegido yo y muchas ganas de que la vida también me dé algún mordisco a mí.
Ganas de madurar pero madurar bonito.
De sentir bonito.
De ver bonito.
De ser bonita.
Ganas de que los 19 tengan un color dorado cuando los piense en unos años y ganas de merecerme todo lo que me pase. Ganas de coger totalmente las riendas de la vida y tirar con ella hacia donde vaya sintiendo que tengo que ir.
Muchas ganas, muchas ganas de todo. De innovar con todo y de mantener lo que ya está conseguido.
Ganas de 6, de Salamanca, de Valladolid, de Madrid.
GANAS GANAS GANAS.
Y después de los 19, más.
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